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CULTURA A LA VANGUARDIA

EFIARTES y EFICINE: el arte en una carpeta administrativa

Por: Valentina Girón Swipe

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Hay algo extraño y revelador en que el arte en México necesite una estructura fiscal para existir. Como si antes del ensayo viniera el Excel. Como si antes del casting viniera la deducción de impuestos. Y, al mismo tiempo, hay algo admirable en que un país encuentre la forma —aunque sea con un modelo poco óptimo y poco arriesgado— de sostener a sus creadores. Como si en medio de la burocracia hubiera una decisión colectiva: que el cine y el teatro no desaparezcan.

Es incómodo aceptar que el arte respire a través de una fórmula fiscal. Pero también es esperanzador saber que, incluso dentro del sistema, alguien decidió que debía respirar. Ahí entran EFICINE y EFIARTES. No son becas ni subsidios directos: son estímulos fiscales.

Los EFI son mecanismos creados por el Estado mexicano para incentivar la producción cultural —cine en el caso de EFICINE; teatro y artes visuales en el caso de EFIARTES— a través de un esquema fiscal. En términos simples: una empresa puede destinar una parte del impuesto sobre la renta que tendría que pagar al Estado para financiar un proyecto artístico aprobado. En lugar de entregar ese porcentaje al SAT, lo invierte en una película o en una producción teatral autorizada.

No es dinero extra; es dinero que iba a ir al Estado y se redirige hacia cultura.
Oficialmente, estos incentivos existen para fortalecer la industria cultural nacional, generar empleo, profesionalizar el sector y ampliar la oferta artística. Estructuralmente, porque el presupuesto público directo no alcanza para sostener la producción cinematográfica y teatral que México genera.

Son un puente. Una solución híbrida. Un acuerdo entre arte y empresa.

Gracias a estos estímulos, muchas películas mexicanas han podido rodarse y muchas temporadas teatrales, levantarse. Sin ellos, parte de la producción no ocurriría. Esa es la paradoja: son necesarios porque el sistema cultural es frágil.


| El artista como gestor

Repasemos el proceso para acceder a un estímulo. No basta con tener una buena idea: se necesita carpeta, presupuesto, plan de producción, equipo confirmado. Es un proceso formal y competitivo. Si el proyecto es aprobado, obtiene autorización para buscar empresas que destinen parte de sus impuestos a financiarlo.

Cada año se abren convocatorias. Los proyectos compiten. Hay límites de monto y reglas estrictas sobre gasto y comprobación. En teoría, es un sistema transparente y regulado; en la práctica, exige tiempo, conocimiento administrativo y redes de contacto. Y ahí surge la pregunta incómoda: ¿en qué momento la supervivencia artística se volvió también una habilidad fiscal?

Ahí ocurre algo interesante: el artista no solo crea; también gestiona, convence y negocia. Explica por qué su obra merece convertirse en deducción fiscal.

Aquí sucede un desplazamiento del papel creativo. Ya no basta con imaginar una escena o escribir un guion. Hay que traducir la intuición en presupuesto; la emoción, en plan financiero; la visión, en carpeta ejecutiva.

Con estos procesos, el artista aprende el idioma de la viabilidad. Habla de retornos e impactos. Se vuelve estratega sin dejar de ser autor. Esa gestión también profesionaliza y obliga a pensar el proyecto con estructura y costos reales. El creador se convierte en agente activo dentro de un ecosistema económico.


| Crear sin perderse en el sistema

Aún así, existe una tensión inevitable: cuando tienes que convencer a una empresa de que tu obra merece convertirse en deducción fiscal, ¿cambia algo en la obra misma? ¿Se suaviza el discurso? ¿Se ajusta la propuesta para hacerla más “presentable”? ¿O simplemente se aprende a defender con claridad lo esencial?
En ese punto el artista se vuelve algo híbrido: mitad visionario, mitad gestor cultural. Quizás esa es la condición actual del arte en México: no solo crear mundos posibles, sino financiarlos sin perderlos en el intento.

EFICINE y EFIARTES no son el enemigo. Han sido la base invisible de muchas películas “imprescindibles” y temporadas teatrales “magistrales”. Sin ellos, el silencio sería mayor.

Pero tampoco son una solución romántica. Son un recordatorio de que en México el arte no solo se escribe, no solo se filma, no solo se ensaya. También debe aprender a sobrevivir dentro de un sistema diseñado para la lógica de los impuestos. Y después, existir.

Tal vez eso no le quita dignidad al arte; le agrega resistencia. Porque crear en México no es solo un acto estético: es un acto de insistencia. Y si nuestras historias siguen apareciendo, aun cuando primero deban convertirse en expediente y estímulo aprobado, quizá el verdadero mensaje no es que el arte dependa del sistema. Quizá el mensaje es que, incluso dentro del sistema, el arte sigue encontrando la manera de existir.

 

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