Joyas ocultas en Chihuahua que debes visitar este 2026
Continua en la historia
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Chihuahua es el estado más grande de México. Su superficie es tan vasta que dentro de sus límites cabrían, juntos, países enteros. Esa inmensidad explica por qué, después de un siglo de turismo organizado, todavía guarda rincones que escapan a las guías de viaje.
Muchos viajeros conocen Creel, las Barrancas del Cobre y el recorrido del tren Chepe. Algunos llegan hasta Batopilas o Basaseachi. Pero más allá de esos nombres conocidos, en los pliegues del mapa hay otros sitios que pocos se animan a buscar.
Son lugares que requieren una hora más de camino, un guía que conozca la terracería, una pregunta hecha en la tienda del pueblo. Lugares que premian, justamente, esa esfuerzo adicional.
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Estos son cinco de ellos. Joyas ocultas de Chihuahua para apuntarlas en el itinerario de tu próxima visita al gigante del norte.
◆◇◆Tutuaca
▞ Cuando en 1937 el gobierno federal declaró a Tutuaca Reserva Forestal Nacional y Zona de Refugio de la Fauna Silvestre, se convirtió en la primera área natural protegida del estado. Casi nueve décadas después, sigue siendo una de las menos visitadas.

Está en la región occidental, repartida entre los municipios de Madera, Temósachic, Ocampo, Moris y Guerrero, y abarca 636 mil hectáreas de bosques de pino y encino, pastizales, selva baja y vegetación de galería, la franja vegetal que crece a las orillas de los ríos y que alimenta los acuíferos del subsuelo. En total, más de 1,500 especies de flora y fauna conviven en estos paisajes.

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Aquí habitan algunas de las criaturas más esquivas de la Sierra Madre Occidental. La cotorra serrana occidental, considerada emblema del lugar, hace nido en estos pinos.
También están el oso negro, la trucha dorada endémica de los ríos chihuahuenses, el águila real, la nutria de río, el búho moteado, la codorniz de Moctezuma. Recorrer sus senderos es entrar a un mundo donde el ser humano no es el protagonista. Riachuelos, lagos, caídas de agua y bosques se entrelazan en paisajes de cuento.
◆◇◆Misión
Santo Ángel Custodio
Le dicen “la catedral perdida de Chihuahua”.
▞ En lo profundo de las barrancas de la Sierra Tarahumara, a ocho kilómetros del Pueblo Mágico de Batopilas, hay un templo de gruesos muros blancos, tres bóvedas y una cúpula sencilla. El paisaje a su alrededor es brutal: paredones de cientos de metros, el río Batopilas serpenteando al fondo, el silencio enorme del desierto serrano. La sola idea de construir una iglesia ahí, en pleno siglo XVIII, raya en lo inverosímil.
Y, sin embargo, ahí está.

La misión empezó a edificarse alrededor de 1760 por iniciativa de los jesuitas, quienes a finales del siglo XVII habían comenzado a penetrar la sierra para evangelizar a las comunidades rarámuris y a los tubares, un pueblo indígena hoy extinto. Cuando en 1767 Carlos III expulsó a la Compañía de Jesús de todos los territorios españoles, la obra quedó inconclusa.
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Los franciscanos del Colegio Apostólico de Propaganda Fide la retomaron y la terminaron hacia 1781. Después vinieron más de dos siglos de abandono parcial, hasta que en 2006 comenzaron las labores de restauración.

Llegar sigue siendo una aventura. Aunque la distancia desde Batopilas es corta, el camino sigue la trayectoria del río y puede tomar más de una hora en vehículo todoterreno. Hay quien lo recorre caminando o en bicicleta. A un costado del templo, un viejo panteón con cruces de madera completa el cuadro.
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Es el tipo de lugar donde uno entiende, sin que nadie tenga que explicárselo, por qué los antiguos misioneros pensaban que el paisaje era un argumento teológico.
◆◇◆Cañón del Pegüis
▞ Hace 70 millones de años, el norte de lo que hoy es México estaba sumergido bajo el mar de Tetis. Cuando las aguas se retiraron, abismos submarinos quedaron expuestos al sol. El Cañón del Pegüis es uno de ellos.
Toma su nombre de un ave que habita la zona. Mide 16 kilómetros de largo y, en su punto más profundo, sus paredes verticales de caliza llegan a los 350 metros. El río Conchos cruza su fondo con un agua de tono esmeralda, producto de las algas y del calcio disuelto.
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El acceso por carretera es directo: desde Ojinaga, unos 40 minutos; desde la capital del estado, poco menos de tres horas. Pero también es posible llegar remando río abajo desde Coyame del Sotol, en un trayecto que mezcla tramos serenos con rápidos que llegan a la categoría IV. A la mitad del cañón hay una sección llamada El Salto, un nudo de rocas y corriente que pocos se atreven a cruzar.
Sobre las paredes calcáreas, alguien dejó constancia de que aquí hubo gente mucho antes que nosotros. En la margen izquierda, en la zona conocida como Boquilla del Conchos, la roca está salpicada de pinturas y petroglifos: puntas de flecha, átlatls, antropomorfos, manos, peyotes, chamanes. Un alfabeto sin palabras, depositado por generaciones que entendían el cañón como un templo natural.
◆◇◆Dunas de Samalayuca
▞ A 50 kilómetros al sur de Ciudad Juárez, en pleno desierto chihuahuense, hay un mar.
No de agua, sino de arena. Las dunas de Samalayuca —médanos, en la lengua del lugar— son montones de arena sílica blanca y fina que el viento mueve y reorganiza permanentemente. En algunos puntos alcanzan cien metros de altura. A diferencia del matorral espinoso que cubre el resto del desierto y que mantiene la tierra en su sitio, aquí la arena queda libre, y cuando sopla fuerte el viento se levantan tormentas que reducen la visibilidad a unos metros.

La historia humana de estas dunas es larga. Hace 10 mil años, cazadores recolectores cruzaron por aquí en su descenso hacia el sur del continente; dejaron puntas de flecha, restos de campamentos, más de mil quinientos petrograbados con figuras de borregos cimarrones y chamanes con máscaras de cuernos.
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Pasaron también la expedición de Juan de Oñate en 1598, Benito Juárez en su huida hacia el norte durante la intervención francesa y las tropas de Pancho Villa.
Hoy, los visitantes practican sandboard, recorren las dunas en cuatrimoto, ruedan ladera abajo encerrados en burbujas de plástico transparente. Pero quizá la mejor experiencia sea la más simple: quedarse al atardecer, cuando la arena se tiñe de naranja, y luego esperar a que caiga la noche. Lejos del resplandor de cualquier ciudad, el cielo de Samalayuca es uno de los mejores observatorios estelares del país.

◆◇◆Cañón de Santa Elena
▞ A unos 15 kilómetros de la frontera con Texas, en los municipios de Ojinaga y Manuel Benavides, hay un cañón como el Pegüis. Más grande, más alto, más biodiverso.
El Cañón de Santa Elena es el corazón de un área protegida de 277 mil hectáreas decretada en 1994. La reserva nació como contraparte mexicana del Parque Nacional Big Bend, del otro lado del río Bravo, en un acuerdo binacional para preservar uno de los desiertos más biodiversos del planeta.
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Aquí, las altitudes van de los 700 a los 2,400 metros sobre el nivel del mar, y esa variación, junto con la actividad volcánica que hace millones de años plegó y fracturó el terreno, permite que conviva en un mismo paisaje el matorral desértico con bosques de encino y vegetación de ribera.
Más de 700 especies de flora y fauna habitan la zona. Entre ellas, el venado bura, el venado cola blanca, el oso negro, el gato montés, el águila real. Sierra Rica, dentro del polígono protegido, es considerada por los biólogos una “isla del cielo”, es decir, un microclima de altura aislado del entorno desértico, donde sobreviven especies vegetales que en otros tiempos cubrían regiones mucho más amplias.

La forma más memorable de recorrerlo es navegando el río Bravo en canoa o kayak, siempre con guía y equipo adecuado, ya que hay tramos con rápidos. Desde el agua, los paredones de hasta 467 metros se elevan en silencio a ambos lados.
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Y entre las grietas, los morteros, las puntas de flecha y las pinturas rupestres que se han encontrado dan cuenta de una ocupación humana que comenzó hace 15 mil años, en el periodo Paleoindio, y se extendió hasta tiempos relativamente recientes, cuando apaches y comanches dominaron la región y la mantuvieron prácticamente despoblada hasta finales del siglo XIX.
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Chihuahua es así. Tan grande que ningún viaje alcanza para conocerlo del todo. Tan vacío en apariencia, que basta detenerse a observar un rato para descubrir que está lleno de fósiles marinos, de petroglifos, de templos imposibles, de aves que no existen en ningún otro lugar del mundo.
Lo único que pide, a quien quiera ir
más allá de las postales conocidas,
es paciencia para descubrirlo.